Historias inspiradoras en tiempos de crisis

Traemos historias de vida de personas que enfrentando grandes retos, salen a adelante en el departamento de Nariño.

Renaciendo como el ave fénix: La historia de emprendimiento de Jonathan Sánchez y Alexis Molina

Jonathan y Alexis son dos jóvenes con una historia de emprendimiento ejemplo de que, aun cuando los sueños se ven atravesados por situaciones difíciles, es posible encontrar la manera de seguir construyendo a partir de las cenizas.

Jonathan Jean Carlos Sánchez Moreno y Alexis Molina son dos jóvenes provenientes de Venezuela que hace tres años decidieron migrar de su país natal, debido a la situación económica y social que ahí se vive.

Con una maleta cargada de sueños y un espíritu emprendedor llegaron a la ciudad de Pasto, Nariño, donde decidieron unir sus capitales para asociarse a una pareja de venezolanos que se encontraba en la ciudad con un negocio de comidas rápidas. Según Jonathan, debido al desconocimiento del contexto y las malas decisiones, 3 meses después se vieron en la obligación de cerrar su restaurante y, junto a ello, sus sueños de emprender. “Al principio fue desmotivador, pasamos muchas malas noches y queríamos regresarnos a Venezuela, porque pensábamos que migrar había sido un error”, pero con el tiempo, estos jóvenes emprendedores entendieron que “a veces las cosas no se dan, solo es cuestión de madurar… el tiempo de Dios es perfecto”, manifestó Jonathan.

Y como si el destino les hubiese tenido preparado este proyecto desde el inicio, Jonathan y Alexis empezaron a trabajar en algunos restaurantes de la ciudad, lo cual les dio la oportunidad de conocer cómo se mueve el negocio en Colombia. Meses después, debido a la crisis sanitaria mundial provocada por el Covid-19, como muchos nacionales y extranjeros, Jonathan y Alexis también se quedaron sin trabajo, pero en esta enorme dificultad vieron la oportunidad de emprender ¡y la vida les cambió para siempre!

Como el ave fénix, renacieron de las cenizas e iniciaron con la venta de comida a domicilio desde sus casas. “Como habíamos trabajado en cocina, ya sabíamos cuál es la sazón que le gusta a las personas, ya sabía cómo preparar los platos y entonces eso jugó a favor y nos motivó a trabajar desde casa con domicilios. Un día eran 7 domicilios, al siguiente 3, luego 15 y así iniciamos, pero siempre con la constancia y la dedicación de poder seguir adelante y no dejar caer el sueño que teníamos”, aseguraron.

En agosto del presente año, en el marco del proceso comunitario “Emprender la Vida”, dinamizado en Pasto por el Servicio Jesuita a Refugiados, se entregó Capital Semilla para apoyar los proyectos productivos de los emprendedores que más sobresalieron con sus ideas de negocio. “El proyecto CANVAS nos hizo tener una visión muy amplia de nuestro emprendimiento y ahora pensamos en abrir más sucursales, siempre con la visión de crecer y volvernos algo grande y tener franquicias en varias ciudades”, aseveró Jonathan.

Dentro del proceso se apoyó a varios emprendedores migrantes con mobiliario para potenciar sus ideas de negocio, razón por la cual estos dos jóvenes vieron la necesidad de buscar un espacio físico para corresponder a la ayuda recibida y de esta manera dieron apertura a su restaurante llamado El Shannay. “Estamos emocionados y bastante contentos y felices de ver nuestro sueño hecho realidad, todavía nos falta, vamos poco a poco, pero como dicen ustedes, vamos con paso de vencedores. Muy agradecidos con el Servicio Jesuita por todo el apoyo que hemos recibido y por ayudarnos a hacer nuestro sueño realidad”, manifestaron.

Sigan para adelante, sueñen, vean a futuro y no tengan miedo. Como decimos en Venezuela "el que no arriesga un huevo no tiene un pollito", y pues las palabras de motivación: que sigan adelante, que luchen por lo que sueñan y por lo que tienen y que con dedicación y fuerza de voluntad van a ver sus sueños realidad
Jonathan Jean Carlos Sánchez Moreno

La inclusión social no tiene edad: la historia de María de los Ángeles

María de los Ángeles Guerrero López tiene 14 años, a pesar de su corta edad ya tiene claro que cuando crezca quiere dedicar su vida a ayudar a otros, ya sea como médica, criminóloga o médica veterinaria.

María de los Ángeles Guerrero López tiene 14 años y se encuentra cursando grado octavo en el colegio Libertad de la ciudad de Pasto. A pesar de su corta edad, María tiene claro que cuando crezca quiere dedicar su vida a ayudar a otros, ya sea como médica, criminóloga o médica veterinaria. Uno de sus grandes sueños es tener una fundación para desde ese escenario poder proteger a aquellos que no tienen voz pero que necesitan toda la atención: los animales callejeros. Sin duda una persona muy empática.

 

Desde hace un año María hace parte del proceso “Escuela de Gestores Sociales” el cual el Servicio Jesuita a Refugiados dinamiza en la ciudad de Pasto. Su abuelita, quién también se encuentra en un proceso que desarrolla el JRS con población adulta, fue la persona que se encargó de motivarla a participar de la escuela.

Su principal motivación al unirse a este proyecto fue tener la oportunidad de conocer más chicos de su edad con quienes tendría la posibilidad de compartir. En septiembre del 2019, cuando se llevó a cabo el primer encuentro presencial, y a pesar de tener la expectativa de conocer otros niños y niñas, se vio sorprendida por la variedad de culturas que encontró en este escenario. Había personas de comunidades muy distantes a la suya, algunas venían de otras ciudades e incluso de otros países como Venezuela.

Desde ese momento, y gracias al proceso ejecutado por el JRS Nariño, María ha tenido la oportunidad de fortalecer el tema de la inclusión en su vida. “He aprendido a trabajar con las personas sin importar la cultura o la raza, también he aprendido a no discriminar a población venezolana, a trabajar con ellos y socializar”, manifestó.

Para esta niña, que se ha comenzado a formar como una líder en su comunidad, es importante tejer relaciones con niños y niñas provenientes de Venezuela porque “muchas veces uno discrimina sin saber lo que esa persona siente o ha vivido, es importante convivir con ellos. Y no solo con la población venezolana, sino con todos en general. Al fin y al cabo, todos somos personas y sentimos. Aprender el uno del otro es bueno”, afirmó.

Dentro de la “Escuela de Gestores Sociales”, María se ha destacado por su participación y liderazgo frente a los procesos de integración local entre población migrante proveniente de Venezuela y población de acogida. Afirma que si llegase a estar en un escenario donde ocurra algún tipo de discriminación lo importante siempre será dialogar y darse la oportunidad de compartir con esa otra persona. Está convencida de que para lograr construir paz desde la mirada de los niños, niñas, jóvenes y adolescentes es imprescindible el compartir entre todos, dando opiniones y haciéndolas valer, y en el caso de tomar decisiones, pensar siempre en la colectividad para permanecer unidos.

“A la niñez en Colombia yo le podría decir que al momento de conocer nuevas personas no se enfoquen en lo superficial y traten de conocerlas a fondo para que compartan y dialoguen. Es importante no discriminar ni crear xenofobia”
María de los Ángeles

Esly Josué Ferrer, el joven migrante que dedica su vida en Colombia a la labor social

Nació en Maracaibo, Estado Zulia – Venezuela, inicialmente realizó sus estudios técnicos como promotor social, pero en su país natal jamás ejerció su profesión ¡La vida le tenía preparada una enorme sorpresa!

Todos los días Josué se levantaba muy temprano para dirigirse desde su casa hacia su lugar de trabajo, sin embargo, la seguridad se empezó a complejizar enormemente en su urbanización, razón por la cual decidió migrar hacia Colombia y el 8 de febrero del año 2017 llegó a la heroica, “Cartagena”.

Rápidamente se radicó en un pueblo conocido como Arjona – Bolívar, un lugar de personas humildes, y con ochocientos mil pesos en su bolsillo comenzó su vida allí. Con 21 años de edad, Josué abrió su propio camino y empezó a conocer a varios colombianos que le “tendieron la mano” y lo llevaron a trabajar. Primero llego a la construcción en donde estuvo una semana, pero una llamada de su madre quien estaba en Venezuela le cambiaría su vida para siempre, pues en esta, su mamá le decía que continuara con su vida en Colombia, ya que el regresar a su país natal significaba exponerse a muchos riesgos, por esa razón decidió radicarse en este país.

Así, viajó hasta Barranquilla y posteriormente, fue deslumbrado por “la sucursal del cielo” y poco tiempo después, decidió viajar a esta ciudad. Debido a su gracia y don de gentes, el mismo día que llegó a Cali, conoció a algunas personas que hallaron gracia en él y decidieron ayudarlo, fue tanto el cariño recibido que al siguiente día ya se encontraba laborando en un almacén de venta de muebles.

 

Estando en Cali los retos seguían, debido a la necesidad de sellar su pasaporte, se vio en la obligación de viajar hasta la frontera con Ecuador, en donde fue sorprendido por la cantidad de familias venezolanas que habían salido de su país en búsqueda de una nueva oportunidad de vida.  “Había muchas familias con maletas llenas de sueños”, afirmó y justo en ese momento, Josué se dio cuenta de la realidad que se estaba viviendo en su país, situación que lo dejo enormemente tocado por la cantidad de NNAJ y adultos mayores que necesitaban protección especial. Ese mismo día recibió una invitación para conocer la ciudad pastusa e inmediatamente decidió radicarse en la ciudad sorpresa de Colombia, San Juan de Pasto.

En este lugar además de contar con un trabajo convencional, Josué poco a poco fue reconocido por la población migrante como uno de los líderes más influyentes de la región, por lo cual fue invitado a integrar una de las asociaciones de atención a población migrante. En Pasto, se creó la Mesa Técnica de Atención a Migrantes (MECAP) en donde  fue invitado a participar, su integración a este espacio le permitió acceder a muchas oportunidades de fortalecimiento personal y académico; prontamente otras agencias reconocieron su trabajo y lo invitaron a varios de sus proyectos, como lo fue FUNDEPAZ, organización que además de brindarle una oportunidad laboral, también le ayudó a crear su propia asociación llamada “Asociación para el Desarrollo y Promoción Integral de los Derechos Humanos”. El nombre de esta organización no hace referencia a población venezolana puesto que la proyección de sus integrantes es lograr ayudar a migrantes de distintos países que se encuentren en situación de vulnerabilidad y requieran algún tipo de asistencia.

“Los mejores líderes son aquellos que tienen una respuesta inmediata hacia una persona que se te acerca en un estado muy vulnerable”, afirmó Josué Ferrer

Con el tiempo, junto con su equipo de trabajo han ido labrando un arduo camino para la búsqueda de recursos con miras a la ayuda de población migrante y en este sentido, como afirma Josué, el Servicio Jesuita a Refugiados fue la primera organización que dio una primera respuesta positiva e inmediata.  “Lo que hago en este momento lo hago de corazón, de la manera más humilde y he logrado fortalecer mi hoja de vida y mi vocación que es lo más importante, yo inicié todo esto sin esperar nada a cambio y de repente la vida me dio un vuelco y realmente no me imaginé estar aquí, haciendo toda esta labor social. Miro atrás y han pasado casi 5 años desde que salí de Venezuela y es sorprendente porque salí de 21 años y ahora voy a cumplir 27 y he aprendido muchas cosas, todo esto me ha servido para afianzarme y creer en mí y ser la fortaleza de otros jóvenes migrantes”, aseguró.

“Hay venezolanos en la esquina de un semáforo trabajando, pero en las noches ese venezolano llora porque su mamá está en Venezuela enferma y aparte de tener que enviar dinero, tiene que pagar la energía, el agua, el arriendo y la alimentación. Las personas desconocen el trasfondo de las historias de los migrantes”
Esly Josué Ferrer, Promotor Social

La radio comunitaria como una experiencia pedagógica en El Encano, Nariño

Erika Gutiérrez e Iván Gerardo Benavides, son docentes del área de educación artística y de música de la Institución Educativa El Encano – Nariño. Debido a la contingencia generada por el Covid–19, tanto Erika como Iván, se vieron forzados a transformar sus escenarios educativos, asumiendo nuevos retos, al encontrarse en una zona rural.

De los salones al hogar: La radio una nueva forma de enseñar

Erika Gutiérrez e Iván Gerardo Benavides, son docentes del área de educación artística y de música de la Institución Educativa El Encano – Nariño. Debido a la contingencia generada por el Covid–19, tanto Erika como Iván, se vieron forzados a transformar sus escenarios educativos, asumiendo nuevos retos, al encontrarse en una zona rural. Como docentes, sus principales preocupaciones eran mantener la comunicación con todos sus estudiantes, gran desafío teniendo en cuenta que sus alumnos viven en veredas e incluso algunos deben hacer recorridos en lanchas para poder llegar a la cabecera municipal.

Las condiciones geográficas y la lejanía hacen que en esta zona del departamento de Nariño la conexión a internet sea de difícil acceso o inexistente, es decir, un reto más al plantearse las clases, sin embargo, Erika e Iván encontraron la forma de superar estos obstáculos de conectividad y mantenerse en contacto con sus estudiantes de una forma creativa.

“Yo había trabajado en radio hace dos años, para mí fue un re- encuentro, pero en materia pedagógica fue un aprendizaje diferente, es ponerse en el lado del que escucha, del niño, del joven y del próximo bachiller… ha sido una experiencia muy chévere porque llega a todo el mundo, los padres de familia también han escuchado las clases, ha permitido mayor involucramiento de los cuidadores y la comunidad en general…” Iván Gerardo – Docente IE El Encano – Nariño.

Partiendo de la emisora escolar ambos docentes decidieron comenzar un programa radial para poder transmitir las clases de música y ejercicios de educación artística, poco a poco se dieron cuenta que por medio de la radio era posible llegar a toda la comunidad. En su propósito y   esfuerzo por continuar enseñando se sumaron la radio comunitaria del resguardo Quillasinga y la emisora comercial de la zona para así lograr un mayor alcance.

La maestra Erika Gutiérrez nos cuenta “La primera intención desde el área de educación artística fue generar un acompañamiento cálido con los vecinos, era muy agradable escuchar la voz de las personas que hacen parte de la vida educativa y a través de la emisora ha sido posible seguirnos sintiendo acompañadas”. La radio ha permitido continuar con algunas actividades del plan de estudios, tanto estudiantes como sus familias han acogido de manera muy positiva esta nueva forma  de enseñanza.

El inicio de todo este proceso para Erika fue uno de los retos más grandes, poder llegar a las casas de sus estudiantes y acompañarlos desde la enseñanza. Para muchos docentes usar herramientas tecnológicas supone gran dificultad  ya sea por su complejidad o por la escasez de equipos, sin embargo Erika logró mantener el ritmo de trabajo valiéndose de los recursos que tiene a su alcance emitiendo su programa con su regularidad.

“Respecto al área de música, hemos desarrollado una nueva forma pedagógica de dictar la clase por medio de la radio… fue una experiencia muy tenaz en el primer periodo porque estábamos aprendiendo, pero hubo buena respuesta por parte de los estudiantes, en el segundo periodo lo estamos haciendo con un mayor enfoque pedagógico y hemos tenido mayor respuesta que en el primer período. Es la única oportunidad que tenemos para aprender”, Iván Gerardo – Docente IE El Encano – Nariño.

Por medio de la gran iniciativa de los docentes, él rector, la psicóloga, el profesor de matemáticas  e incluso el Servicio Jesuita a Refugiados desde su proyecto “Tejedores de Vida”  reúnen esfuerzos para acompañar a las familias y a los estudiantes  inventándolos a ver otras formas de aprender  y de apoyarse en comunidad, especialmente en el contexto actual del año 2020.

 

“Respecto al área de música, hemos desarrollado una nueva forma pedagógica de dictar la clase por medio de la radio… Es la única oportunidad que tenemos para aprender”
Iván Gerardo – Docente IE El Encano – Nariño.

Sonia Guzmán, rompiendo la diferencia a través de la empatía

Entre sonrisas y chanzas, Sonia Guzmán, oriunda de Puerto Asís, Putumayo, recuerda su trayecto como líder comunitaria en la ciudad de Pasto y el impacto que su pasado ha tenido en este proceso.

Hace más de 20 años vivió una de las situaciones más complejas de su vida, al ser desplazada de su tierra natal debido al conflicto causado por grupos al margen de la ley. Así que se vio en la obligación de dejar su vida en el campo para iniciar una nueva en la ciudad de Pasto. Aunque el proceso de integración fue complejo al inicio, poco a poco se fue adaptando a ese desconocido ambiente citadino en donde actualmente desarrolla un nuevo proyecto de vida.

Estando en Pasto, al participar en una asociación de mujeres, Sonia conoce el Servicio Jesuita a Refugiados Colombia, con quienes inició un proceso para la defensa y fortalecimiento de los derechos humanos, participando en escenarios importantes, como un intercambio de experiencias con el JRS – Ecuador en el año 2015.

Tiempo después, se enteró de un nuevo proyecto de integración social entre población migrante proveniente de Venezuela y población víctima del conflicto armado. Sonia, además de participar en dicho espacio, decidió invitar a otras personas, motivada por experiencias pasadas con el JRS Nariño. Desde entonces hace parte de este proceso ya que, según ella, busca obtener las herramientas necesarias para combatir las injusticias y seguir defendiendo los derechos humanos de otras personas.

En el transcurso de este proceso, Sonia ha interactuado y compartido con población migrante, proveniente de Venezuela. “Me gusta escucharlos, guiarlos, darles una buena información. En mi torre me he caracterizado por el liderazgo y por la confianza para brindarles la información de lo poco que sé”.

Los lazos que Sonia ha forjado con esta población, le han traído muchos aprendizajes y reflexiones entorno a la empatía y solidaridad. “He interactuado con pocas personas migrantes venezolanas, pero ha sido suficiente para darme cuenta que son excelentes personas y cuando he podido, las he guiado respecto a trabajo y otras cosas”. Además, Sonia asegura sentir una fuerte identificación con la situación que viven muchos de los migrantes puesto que “Es duro salir de su país, de su pueblo, de su vereda a otro lado sin conocer, yo los entiendo y por eso me relaciono mucho con ellos, porque mi situación fue parecida”.

“Quiero invitarlos a darse la oportunidad de interactuar para conocer, porque muchas veces juzgamos, sin ni siquiera intercambiar palabras; las cosas pueden ser muy diferentes a lo que imaginamos, hay que darles la oportunidad. Muchas veces los señalamos y decimos que son malas personas, pero no es así”.

Sonia nos deja una clara enseñanza de empatía, en donde escuchar al otro es fundamental para poder construir una comunidad hospitalaria y de bienestar.

Debido a su carisma y su incansable sonrisa, la señora Sonia Guzmán fue reconocida, desde el inicio, como una líder dentro la comunidad, generando buenos lazos de amistad y siendo acogida por todos, sobresaliendo siempre en el proceso que el JRS se encuentra desarrollando.

"Es duro salir de su país, de su pueblo, de su vereda a otro lado sin conocer, yo los entiendo y por eso me relaciono mucho con ellos, porque mi situación fue parecida"
Sonia Guzmán, líder comunitaria de la ciudad de Pasto.

Corina Timaure, un espíritu de servicio más fuerte que la pandemia

Docente de profesión y magister en orientación educativa, Corina Timaure destinó más de 12 años de su vida al trabajo comunitario, atendiendo a niñas y niños de 0 a 4 años, creando estrategias de éxito para su ingreso a entidades educativas.

  

Corina Timaure es una venezolana que, siguiendo los pasos de su madre, quien fue docente y luchó incansablemente por la transformación comunitaria, y de su padre, quien fue un reconocido líder político, ha dedicado su vida al servicio de las personas más vulnerables.

En el año 2017 se vio obligada a emigrar de Venezuela. Durante los primeros meses en Panamá, su nuevo lugar de residencia, logró ejercer como docente, pero debido a la dificultad por legalizar su residencia allí, se vio forzada a abandonar su trabajo. Aunque Panamá le brindó muchas oportunidades y alegrías, allí también vivió maltrato físico y psicológico por el hecho de ser inmigrante. Esto marcó su vida y la llenó de fuerzas para continuar luchando y defendiendo los derechos de quienes se han visto forzados a migrar.

Estando en Panamá, el embarazo de su segunda hija la obligó a retornar a Venezuela, en donde empezó a trabajar como coordinadora académica de un colegio. De nuevo, los tiempos alegres duraron poco. El contexto político y económico de Venezuela se complejizó y Corina dejó de recibir una retribución económica por su trabajo. En ese momento su esposo decidió emigrar a San Juan de Pasto, Colombia. Tres meses más tarde llegaría ella junto a sus dos hijas, para empezar una nueva vida.

Corina asegura que el proceso de integración a la ciudad no fue fácil, sobre todo para su hija mayor, quien fue víctima de xenofobia. Corina afirmó que “el colombiano no estaba acostumbrado a recibir migrantes y saben que hay personas buenas y malas y por fortuna a mí no me ha tocado, pero a mi hija Camila sí y la situación la tuvimos que tomar por la vía legal para defender los derechos de la niña”.

A pesar de ello, la resiliencia es una gran facultad que su familia ha cultivado, permitiéndoles adaptarse y emprender en nuevas oportunidades comerciales. Esto también se evidencia con ingreso de Corina a la fundación PROINCO, que gracias al incondicional apoyo de su esposo, se convirtió en un espacio en el cual pudo poner al servicio sus conocimientos sobre la educación infantil.

Hoy en día la rutina de esta resiliente venezolana gira entorno al cuidado de sus hijas y al acompañamiento de sus compatriotas. Desde que inicia su jornada, Corina atiende llamadas telefónicas de migrantes venezolanos que buscan su orientación y ayuda. Ella identifica sus necesidades y con base a esta información, gestiona articulaciones con otras instituciones, como el Servicio Jesuita a Refugiados, con el objetivo de presentar los casos y buscar posibles soluciones. Es por esto que Corina se ha convertido en la esperanza de muchas familias venezolanas que transitan diariamente por tierras pastusas.

Actualmente, Corina Timaure dirige su propia organización de líderes venezolanos, conocida como la Organización de migrantes para la integración y prevención. Esta ONG ha realizado numerosas brigadas y jornadas para la atención de población migrante proveniente de cualquier país, bajo la siguiente premisa:

“Denle una oportunidad a cualquier migrante… ser migrante no es fácil y siempre hay que recordar que todos somos migrantes, sólo que algunos cruzamos fronteras. Cuando salimos de nuestro país nadie sale con la intención de salir a hacer daño… Todo migrante tiene derecho por lo menos a la primera oportunidad.”

En este momento, a pesar de la situación actual del mundo, esta valiente mujer, junto a otros líderes venezolanos, toma todas las medidas de bioseguridad necesarias para salir una vez a la semana a la Avenida Panamericana de Pasto y brindar apoyo a los migrantes que diariamente caminan rumbo a nuevas oportunidades. La pandemia quizás pudo detener al mundo entero, pero no a un espíritu resiliente, con un corazón lleno amor y al servicio de otros, como el de Corina Timaure.

Aunque ha tenido que afrontar situaciones desagradables y muy dolorosas, el espíritu de servicio de Corina jamás ha desaparecido y ahora, desde otro país y bajo el confinamiento debido a la pandemia, continúa luchando por los derechos de sus compatriotas y demás migrantes.

“Denle una oportunidad a cualquier migrante… ser migrante no es fácil y siempre hay que recordar que todos somos migrantes, sólo que algunos cruzamos fronteras ..."
Corina Timaure, docente y magister en orientación educativa.

Andrea Bustos, una orientadora escolar que va más allá de lo exigido por el deber

El reto también es para los estudiantes. Por eso, en medio de su relato, Andrea resalta el compromiso y pasión de quienes viven en la vereda La Vega, y caminan a diario media hora para llegar a un lugar con señal y así cumplir con sus labores escolares.

Andrea Lucia Bustos Burbano es la orientadora escolar de la Institución Educativa Policarpa, ubicada en el municipio de Policarpa, Nariño. Todos los días se levantaba muy temprano para desplazarse hacía las dos sedes de esta Institución, pero el aislamiento preventivo obligatorio decretado cambió por completo su dinámica laboral.

Continuar su trabajo desde casa se ha convertido en todo un reto, pues la falta de conectividad complejiza la situación de la zona rural. “Es complicado trabajar detrás de una pantalla, pero es más difícil aun cuando contamos con estudiantes que no viven en el casco urbano sino en sus fincas, donde muchos no cuentan con los medios tecnológicos para continuar sus clases, ya que también el nivel económico de las familias es muy bajo. En algunos casos, muchos no tienen internet y por eso deben recargar su celular para poder navegar”, afirma.

El reto también es para los estudiantes. Por eso, en medio de su relato, Andrea resalta el compromiso y pasión de quienes viven en la vereda La Vega, y caminan a diario media hora para llegar a un lugar con señal y así cumplir con sus labores escolares.

Pero ante las dificultades, asegura que la comprensión y la ayuda han invadido a la comunidad policarpense. Aunque ya no puede ver y abrazar a sus estudiantes, no solo continúa esperanzada en que esto también pasará, sino que reafirma su disposición para cuidarles aun en medio de la distancia: “mucho antes de que el timbre tocara, yo ya estaba en la puerta dándoles un ´buenos días´. De muchos me sé el nombre y a otros les llamaba como les gusta que los llame.  Ahora es complicado, pero no imposible, creo y estoy segura que saben que cuentan conmigo y mi lema para con mis chicos y chicas es: “detrás de un gran sueño, hay un gran sacrificio”. Por ellos trabajo y me siento viva porque cada día me exigen ser mejor”.

Esta orientadora escolar se las ha ingeniado para permanecer en contacto con sus estudiantes y sus familias. Se ha disfrazado de “coneja” para enviarles videos explicando los temas a tratar, ha compartido información relevante sobre el Covid-19 y, en compañía de otros docentes de la Institución, ha producido diferentes audios para ser transmitidos en la emisora del municipio “La Calidosa”.  Pues, como lo cuenta, esta ha sido una oportunidad para volver a aprender, despertar e innovar: “Ahora gracias a la creatividad de un gran docente tenemos una emisora como aplicación para los chicos y sus familias de la cual todos estamos haciendo uso para cooperar con la sana convivencia familiar y para el desarrollo de las actividades propuestas”.

Es una mujer positiva y encuentra aprendizajes que se trasladan, incluso, al plano personal: “Este tiempo pasará y la experiencia vivida será un recuerdo para quienes vivimos estos tiempos difíciles, pero no todo es malo. Este tiempo nos ha servido para reflexionar, perdonar y acercarnos más a nuestra familia. Muchos decíamos “es que no hay tiempo” pues bien, ahí lo tenemos. Tiempo que nos espera para impactarlo con bellos recuerdos dando lo mejor de sí aunque extrañemos todo”.

Andrea es una mujer apasionada, ha ido mucho más allá de lo que el mismo deber le ha exigido y, ajustándose a los nuevos cambios impuestos por la pandemia, ahora más que nunca tiene en su corazón uno de los verbos rectores del JRS: ¡Acompañar!

“Déjenme decirles con todo mi cariño, que este gran tiempo nos alejó, pero nos ha dado una gran enseñanza y es el valorar lo poco o lo mucho que tenemos. Pienso que los profes extrañan hasta los pupitres, pues escuchar sus risas o sus grandes participaciones en clase, son la vida de un colegio o una escuela. Todo en esta vida vale la pena y les agradezco el darnos el gran valor y ser nuestras motivaciones para continuar y no dejarnos desfallecer. Ustedes, estudiantes, son demasiado importantes para nosotros y deseamos verlos crecer y continuar en este gran camino llamado VIDA”.

“Déjenme decirles con todo mi cariño, que este gran tiempo nos alejó, pero nos ha dado una gran enseñanza y es el valorar lo poco o lo mucho que tenemos ..."
Andrea Lucia Bustos Burbano, orientadora escolar de la Institución Educativa Policarpa.

Jairo Montero, el migrante que ha unido venezolanos y colombianos a través del baile

El joven venezolano proveniente de Barquisimeto, Estado Lara, creció en un ambiente musical y dancístico. A pesar de haber migrado de su país de origen por la crisis económica, nunca olvidó su propósito de vida: ¡vivir para bailar!

 

Jairo Montero tuvo que migrar hacia República Dominicana el 26 de julio de 2017 por la fuerte crisis económica y social que vive Venezuela. Una vez allí, por su condición de migrante, pagó caros impuestos que afectaron su situación económica. Sin embargo, no todo fue un trago amargo. En este país conoció grandes personas. Una de estas, le habló de un destino impensable. Una ciudad llamada Pasto, ubicada en el sur de Colombia. Él, que nunca había escuchado de este lugar, sintió una fuerte curiosidad y tras indagar un poco sobre su gente y cultura, comenzó a pensar que era un ciudad donde «todos eran negritos». No sabemos si por el Carnaval o por las versiones de sus amigos. Pero el no sabía lo que la vida le tenía preparado en esta ciudad.

Él se llenó de coraje y  a las 7:00 de la noche de un 11 de octubre de 2017, pisó suelo nariñense. Cuando entró a Pasto le impactó mucho las personas que se encontró. Entre risas, él cuenta que disfrutó mucho su llegada a la ciudad. Según Jairo, en 2017, no habían muchos migrantes provenientes de Venezuela en la ciudad pastusa, por lo que al comienzo le fue muy difícil adaptarse: “estar en otro país y vivir otra cultura, no es fácil”, aseguró.

Un día conoció a un hombre que vendía prendas en acero, y gracias a su particular carisma, logró ganarse su confianza. Meses después de trabajar con él se destacó como el mejor vendedor. Poco a poco fue aprendiendo el oficio y viajó a muchos pueblos de Nariño. Así, paso a paso, un día dejó de vender prendas de acero para ofrecer desayunos, café, salpicón y las «tizanas» como las llaman en Venezuela. Con este nuevo oficio logró ganar dinero suficiente, no solo para pagar sus gastos, sino también para ayudar a sus padres que se quedaron en su país.

Encontrando su razón de vivir: la llegada al baile

Este hombre de tez canela y contextura delgada, siempre tuvo claro que su razón de vivir era el baile. Por eso llegar a otro país a hacer algo completamente diferente le resultó embarazoso. Pero con la suerte de su parte, un día conoció a una persona de una academia de baile que le abrió las puertas para que se desempeñara como instructor.

Desde ese momento, el baile le volvió a sonreír a Jairo. Poco a poco se posicionó como uno de los mejores bailarines de la ciudad, llegando a representar al departamento nariñense en escenarios de competencia nacional, llevándose incluso, el primer puesto.

 “Escuela Artística de Formación Continua – Ballet Folklórico Raíces” es el nombre de academia que Jairo logró fundar el año pasado. Está integrada en su mayoría por migrantes provenientes de Venezuela y algunos otros colombianos que también han sido víctimas del conflicto armado. El grupo ha buscado promover un espacio alternativo para la integración cultural y social abogando que al interior de la academia «no existen fronteras, somos solo uno».

Actualmente, debido a la pandemia, los integrantes del grupo están dando clases de baile y rumba terapia para las familias a través de diferentes canales digitales. “Quiero ser transportador de buenas noticias y esperanza. Hoy los medios de comunicación sólo dan malas noticias. Con mis clases de baile pretendo que las familias disfruten y despejen su mente, se rían y compartan un mensaje de esperanza en medio del encierro”, aseguró Jairo, líder de la academia.

A pesar de todo lo positivo, Jairo no puede olvidar la situación que enfrentan sus connacionales. Migrantes forzados que debido a la crisis han tenido que abandonar sus hogares para encontrar un mejor porvenir: “ser venezolano es como un pecado, por cosas que han hecho otras personas. Por eso quiero recordar que por una sola persona no se puede señalar al resto. Hay venezolanos buenos que se esfuerzan día a día para crecer y demostrar que los buenos somos más. Nunca me alcanzará la vida para agradecer las oportunidades que Dios me ha brindado en esta ciudad”, aseguró Jairo.

 

"Quiero recordar que por una sola persona no se puede señalar al resto. Hay venezolanos buenos que se esfuerzan día a día para crecer y demostrar que los buenos somos más"
Jairo Montero, director del Ballet Folclórico Raíces